Por qué la arquitectura verde pocas veces merece su nombre.

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Algo extraño está pasando con muchos de los llamados “edificios sostenibles”. Cuando se hacen las evaluaciones post-ocupación, estos demuestran ser mucho menos sostenibles de lo que sus defensores afirmaban. En algunos casos, incluso han desempeñado un peor papel que los edificios más antiguos de la ciudad. El artículo del 2009 del New York Times, “Algunos edificios no cumplen con su etiqueta verde”, documenta los extensos problemas registrados en muchos de los grandes iconos de la sostenibilidad en Nueva York. Entre otras razones, el New York Times señala que el uso generalizado del muro cortina y las plantas profundas -que disponen el espacio habitable lejos de los muros exteriores-, obliga a una mayor dependencia de los sistemas de ventilación y luz artificial.

En parte como respuesta a la prensa, la Ciudad de Nueva York estableció una nueva ley que exige la divulgación de los resultados reales de muchos edificios. Eso llevó a la aparición de informes que registraron rendimientos incluso aún más bajos. Un artículo reciente del NYT, [“La ley de seguimiento del rendimiento energético de la ciudad revela algunas sorpresas”] señaló que el nuevo y reluciente World Trade Center 7 -LEED Oro-, obtuvo una calificación Energy Star de apenas 74, un punto por debajo del mínimo de 75 para “edificios de alta eficiencia” en el marco del sistema de clasificación nacional.

Las cosas se pusieron aún peores en el año 2010, con la aparición de una demanda [“Demanda colectiva de $100 Millones es presentada contra LEED y la USGBC”] en contra del Green Building Council de los Estados Unidos, desarrolladores del sistema de certificación LEED (“Liderazgo en Energía y Diseño Ambiental”). Los demandantes alegaron que el USGBC se había dedicado a “prácticas comerciales engañosas, publicidad falsa y defensa de la competencia”, defraudando a municipios y entidades privadas. La demanda fue desestimada en última instancia, pero la página web Treehugger y otros han predicho, con base en la evidencia descubierta, que próximamente “aparecerán más litigios de este tipo”.

¿Qué está pasando? ¿Cómo puede ser que la búsqueda de sostenibilidad resulte finalmente en lo contrario?

Un problema recurrente en el enfoque sostenible es que no cuestiona el tipo de construcción subyacente. En su lugar, sólo añade nuevos componentes “verdes”, tales como los sistemas mecánicos más eficientes y un mejor aislamiento en los muros. Pero esta concepción de la sostenibilidad “parche”, incluso cuando obtiene un éxito parcial, tiene el inconveniente de dejar intactos la forma y el sistema estructural que las genera. El resultado es a menudo la “ley de las consecuencias imprevistas”… lo ganado en un área se pierde en otros lugares o aparecen consecuencias o interacciones inesperadas.

Por ejemplo, la adición de sistemas energéticos activos más eficientes tiende a reducir la cantidad de energía utilizada y por lo tanto reduce su coste global. Pero a su vez, este menor costo tiende a hacer que sus habitantes sean menos cuidadosos con el uso de la energía, un fenómeno conocido como el aumento de la eficiencia, que reduce los costos y aumenta la demanda -la “Paradoja de Jevons”-, y a su vez el aumento de la tasa de consumo acaba con los ahorros iniciales. La lección es que no podemos trabajar con el consumo de energía de forma aislada. Tenemos que considerar el concepto energético de manera más amplia, incluyendo todos los factores involucrados.

Generalmente aparecen otras consecuencias no deseadas. Un caso notable es el del publicitado edificio Gherkin (“pepinillo”) de Londres (Foster & Partners, 2003), donde el sistema de ventilación abierta del edificio se vio comprometido cuando sus usuarios, preocupados por la seguridad, construyeron subdivisiones interiores de vidrio. Las ventanas operables para permitir la ventilación natural del interior empezaron a caer del edificio y tuvieron que ser cerradas de forma permanente. El ambicioso objetivo de un sistema de ventilación natural sofisticado paradójicamente resultó en una peor ventilación.

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Otro problema importante de los programas de construcción verde aparece cuando se aísla a los edificios de su contexto urbano. En un ejemplo infame (“Conducir hacia la edificación verde”), la Fundación Chesapeake Bay trasladó su sede al primer edificio del mundo certificado con LEED Platinum, pero el traslado desde un antiguo edificio en la ciudad de Annapolis, Maryland a un nuevo edificio en los suburbios, requirió de una gran cantidad de energía y recursos. El viaje agregado borró las ganancias energéticas del nuevo edificio.

La teoría de la resiliencia descrita en nuestro artículo “Hacia una Arquitectura Resiliente 1: Clases de Biología” apunta a la naturaleza del problema. Los sistemas parecen estar bien diseñados dentro de los parámetros pre-definidos originales, pero interactuarán inevitablemente con muchos otros sistemas, a menudo de manera impredecibles y no lineales. Miramos hacia una metodología de diseño más “robusta”, que combine diversos enfoques, trabajando en muchas escalas y asegurando la adaptabilidad en detalle de los elementos de diseño.

Aunque estos criterios pueden parecer abstractos, son exactamente el tipo de características logradas con los llamados enfoques “pasivos” de diseño. Los edificios pasivos permiten a los usuarios ajustarse y adaptarse a las condiciones climáticas, por ejemplo, al abrir o cerrar ventanas o persianas, para conseguir la luz natural y el aire requeridos. Estos diseños pueden ser mucho más precisos en la adaptación a las circunstancias, ya que cuentan con diversos sistemas que cumplen más de una función, como los muros que sostienen el edificio y también acumulan calor a través de la masa térmica. Además, tienen redes de espacios que pueden ser reconfigurados fácilmente, incluso convertidos a usos completamente nuevos, con modificaciones relativamente baratas (a diferencia de la tipología de “planta abierta”, que nunca ha cumplido realmente las expectativas). Ellos están por todos lados: edificios de usos múltiples que no están diseñados estrictamente para ningún usuario en específico ni responden formalmente a ninguna moda, y quizás lo más importante, a pesar de no distinguir un contexto o un tejido urbano específico, trabajan en conjunto con otras escalas de la ciudad, para lograr beneficios a pequeña y gran escala.

Los edificios antiguos funcionan mejor… algunas veces

Muchos edificios antiguos tomaron exactamente este enfoque “pasivo” simplemente porque tenían que hacerlo. En una época en que la energía era cara (o simplemente no estaba disponible) y el transporte era más complicado, los edificios eran naturalmente agrupados en los centros urbanos. Su forma y orientación explotaba la luz natural y, por lo general, presentan ventanas más pequeñas, bien ubicadas y muros de carga con masa térmica.

Las formas simples y robustas de estos edificios permitieron configuraciones casi infinitas. De hecho, muchos de los edificios urbanos más solicitados hoy en día son en realidad proyectos de reutilización y adaptación de los edificios más antiguos. Los resultados de este enfoque pasivo se reflejan en un buen rendimiento energético. Mientras el nuevo World Trade Center 7 de Nueva York anotaba tan sólo 74 puntos, los edificios más antiguos de la ciudad -que se habían reforzado con calefacción, refrigeración e iluminación eficiente- arrojaron con un mejor resultado: el Empire State Building anotó una puntuación de 80 y el Edificio Chrysler, 84.

Pero ser viejo no es claramente un criterio de éxito. El Edificio MetLife/PanAm de 1963 (Walter Gropius y Pietro Belluschi), con medio siglo de edad, obtuvo un triste 39. Otro icono de mediados de siglo, la Lever House (Skidmore, Owings & Merrill, 1952), obtuvo 20. El peor desempeño de todos fue el emblemático edificio Seagram de Mies Van der Rohe, construido en 1958. Su puntaje fue un sorprendentemente bajo 3. ¿Cuál es el problema de estos edificios?

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Como señaló el artículo del New York Times, estos edificios se componen de muros cortina, amplias fachadas vidriadas, plantas profundas y otras limitaciones. En un nivel fundamental, ya que ahora podemos empezar a ver de la teoría de la resiliencia, carecen de muchas ventajas resistentes cruciales. El mismo lenguaje formal puede ser un problema innato, algo que de acuerdo con el pensamiento sistémico, no es algo que las simples adiciones “verdes” puedan arreglar.

Arquitectura del “Intervalo del Petróleo”

El crítico de arquitectura Peter Buchanan, en un artículo reciente para la revista The Architectural Review (Reino Unido), pone la culpa de estas fallas en el modelo de diseño modernista en sí mismo y pide un “gran replanteamiento” de muchas de sus premisas incuestionables [“The Big Rethink: Farewell To Modernism — And Modernity Too”]. El modernismo es inherentemente insostenible, argumentó, porque evolucionó en un comienzo en la era de los abundantes y baratos combustibles fósiles. Esta energía barata alimentaba energéticamente las casas modernas y mantuvo sus grandes espacios abiertos cálidos, a pesar de sus grandes extensiones de vidrio y sus delgadas secciones de muro. La petroquímica generó selladores complejos y alimentó la producción de sus perfiles exóticos. “La arquitectura moderna es, pues, una arquitectura petroquímica y libertina energéticamente, que sólo es posible cuando los combustibles fósiles son abundantes y asequibles”, dijo. “Al igual que las ciudades en expansión a las que dio lugar, pertenece a la época que los historiadores ya están llamando ‘el intervalo del petróleo’”.

Buchanan no es el único en pedir el “replanteamiento” de los supuestos del diseño modernista. Está de moda entre muchos arquitectos hoy en día atacar el Modernismo y los diversos estilos post-modernistas. Buchanan agrupa estos estilos bajo una categoría que él llama la “deconstrucción del post-modernismo”. Según él, ellos siguen funcionando casi en su totalidad dentro de los supuestos industriales y metodologías de ingeniería del “intervalo del Petróleo”.

Una vez más, la teoría de la resistencia da una idea de las graves deficiencias realizadas por esta familia de lenguajes de formas relacionadas y los defectos que aparecen en su propia concepción de diseño. Irónicamente, este modelo “moderno” de casi un siglo de antigüedad, pertenece a la era de la “resiliencia de la ingeniería”, es decir, resisten dentro de un solo sistema, pero no pueden hacer frente a las consecuencias no deseadas de las interacciones con otros sistemas (como el transporte urbano, por ejemplo, o los sistemas ecológicos naturales).

Debido a que el lenguaje de las formas modernistas y sus sucesoras está atado al viejo paradigma de la ingeniería lineal, no puede responder a enfoques diversos, ni trabajar en muchas escalas, ni garantizar la adaptabilidad de sus elementos de diseño, aunque sin duda pueden crear la apariencia de hacerlo. Contrariamente a estas afirmaciones dudosas (en lo que a veces parece una campaña de marketing masivo), no pueden realmente lograr la “resiliencia ecológica”. Esto parece sugerir una explicación importante del alarmante bajo rendimiento de estos edificios al ser evaluados post-ocupación.

Desde esta perspectiva, los diversos intentos de vanguardia para trascender la modernidad parecen sólo exóticos envoltorios para los mismos tipos estructurales y métodos industriales. Pero, como dijo alguna vez Albert Einstein: “Un nuevo tipo de pensamiento es esencial si la humanidad busca sobrevivir y avanzar hacia niveles más altos”. Así como no es posible lograr la resiliencia a través de la simple adición de nuevos dispositivos, no es posible obtener beneficios significativos con deslumbrantes nuevas permutaciones simbólicas de diseño a partir de un mismo proceso de diseño esencialmente industrial. Necesitamos un “gran replanteamiento” acerca de los métodos más básicos y sistemas de diseño para el futuro.

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Sin embargo, durante los últimos años se ha producido un notable resurgimiento de una forma más simple de Modernismo. A la luz de la evidencia, esta es una tendencia decididamente reaccionaria: parece que estamos asistiendo a un movimiento   que busca “volver a las raíces”. Esta moda neo-modernista se basa en construcciones “retro”, simples, cuadradas y blancas.

Pero no todo el mundo parece preocuparse por esta nueva/vieja estética. Algunos consideran que las nuevas estructuras son estériles, feas y perjudiciales para sus barrios y ciudades. Los defensores de los diseños a menudo atacan a los críticos por ser supuestamente poco sofisticados, nostálgicos, o no quieren aceptar el inevitable progreso de una cultura dinámica. Esta “batalla de las preferencias estilísticas” ruge en las tierras de la alta vanguardia, donde tienden a dominar los medios de comunicación, los críticos y las escuelas.

Por supuesto, las modas van y vienen, y la arquitectura no es diferente: en cierto sentido, esto no es más que otra fase de la Luna más o menos continua. Los debates nunca han cesado. Críticos como Buchanan no son nuevos: en los años 60 y 70 igualmente críticos vociferantes como Christopher Alexander, Peter Blake, Jane Jacobs, David Watkin y Tom Wolfe hicieron críticas fulminantes, pero poco ha cambiado.

Lo que ha cambiado, sin embargo, es que ahora estamos buscando respuestas urgentes a la capacidad de recuperación de este tipo de estructuras. Como sugiere este análisis, no son sólo los problemas particulares y prácticos del muro cortina y los edificios voluminosos, sino que más bien, la raíz del problema es la dependencia de los productos petroquímicos de una arquitectura que sigue apegada a la “moda”. Parece ser que la concepción formal y estructural de los edificios iconos está fundamentalmente en desacuerdo con la idea de la sostenibilidad.

A medida que envejecen, estos edificios están destinados a ser menos nuevos y por lo tanto menos útiles. Las llamativas novedades de una época se convertirán en las monstruosidades abandonadas de la siguiente, una inevitabilidad generada para una elite egocéntrica obsesionada con la moda de hoy. Mientras tanto, los criterios humildes, dignos de diseño resistente están siendo empujados a un lado, en la prisa por ganar la atención a través de nuevos enfoques tecnológicos que a su vez producirán una ola desastrosa de fallas imprevistas. Es evidente que no hay manera de prepararse para un futuro “sostenible” en ningún sentido.

En este sentido nos preguntamos, ¿por qué el idioma y los métodos de diseño Modernistas han demostrado ser tan obstinadamente persistentes? La respuesta es que la modernidad no es sólo un estilo para adoptar o no. Es parte de un comprensivo proyecto estético, tectónico, urbanista, tecnológico, cultural y en última instancia civilizador, incluso se podría decir, totalizador. Este proyecto ha tenido un efecto profundo en el desarrollo de los asentamientos modernos, para bien o para mal, y ha hecho una enorme contribución a la situación actual en la que nos encontramos con nuestras ciudades y nuestra civilización.

Los orígenes de la modernidad arquitectónica están estrechamente afiliados con los objetivos progresistas de principios del siglo XX, y los ideales humanitarios – incluso el afán utópico – de visionarios bienintencionados de esos días. Las personas vieron en el modernismo una capacidad prometedora en el amanecer de la tecnología industrial de la época, para ofrecer una nueva era de prosperidad y calidad de vida para la humanidad. En los más crédulos, sus líderes fueron claramente cautivados por las posibilidades aparentemente infinitas de una utopía tecnológica. Sus seguidores todavía sostienen que es, sin duda, el modernismo el estilo arquitectónico que está mejor posicionado para ponerse el manto de la sostenibilidad.

Muchas cosas parecieron mejorar en virtud de este régimen tecnológico y hoy en día podemos curar enfermedades, reducir la fatiga, comer alimentos exóticos, volar, viajar rápidamente por autopistas y hacer muchas cosas que podrían asombrar a nuestros antepasados. Pero junto con el nuevo régimen ha llegado un agotamiento ecológico catastrófico, la destrucción de los recursos y una erosión de la base sobre la que toda la economía y, de hecho toda la vida depende. Así que hoy, en una época de crisis convergente, bien vale la pena hacer preguntas difíciles acerca de los supuestos del régimen industrial y su complicidad con un modernismo arquitectónico que parece ser tan sólo una especie de “envase atractivo”.

La historia se remonta a un muy pequeño grupo de escritores, teóricos y practicantes en el siglo XX, y en particular el arquitecto austriaco Adolf Loos. Tendremos que mirar más de cerca esta historia y lo que significa su legado permanente para nosotros…

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Michael Mehaffy es un crítico y pensador urbanista. Planificador y constructor, es conocido por su gran cantidad de proyectos y escritos. Ha sido un estrecho colaborador del arquitecto y pionero informático Christopher Alexander. Es investigador asociado del Center for Environmental Structure, Alexander’s research center, fundado en 1967, y Director Ejecutivo de la Fundación Sustasis, una organización dedicada al desarrollo y la aplicación de herramientas de escala de barrio para el desarrollo resiliente y sostenible.

Nikos A. Salingaros es un matemático y pensador conocido por su trabajo en la teoría urbana, teoría de la arquitectura, la teoría de la complejidad y la filosofía del diseño. Ha sido un estrecho colaborador del arquitecto y pionero informático Christopher Alexander. Salingaros publicó investigaciones a fondo sobre álgebra, física, matemática, los campos electromagnéticos y la fusión termonuclear, antes de volver su atención a la arquitectura y el urbanismo. Todavía es profesor de Matemáticas en la Universidad de Texas en San Antonio y también trabaja en las facultades de arquitectura de universidades en Italia, México y Holanda.

 

 

 

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